Narraciones y esbozos

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Volvió el gendarme de hablar con el portero, su caballo resbaló en las anchas piedras relucientes que pavimentaban aquel patio y le costó mucho sujetarlo. El primer gendarme estaba en la puertecita de la cárcel, que acababa de mandar que abrieran y cuyo hueco, ateniéndose a la consigna, cubría con el cuerpo; el tercer gendarme metía prisa a Frédéric, que estaba recogiendo de la calesa algunos objetos personales. En ese momento, un fajo pequeño de cartas atado con una cinta amarilla cayó en los adoquines, casi a los pies de la señora de Précilly. Frédéric la miró; a ella le pareció leerle en la mirada el ruego de sustraerle a la justicia aquel paquete de cartas. Sin darse prisa alguna, la señora de Précilly se agachó, recogió el paquete y se lo metió en la manga del abrigo. El gendarme que acababa de mandar cerrar la puerta del patio de la cárcel que daba a la plaza de Saint-Ferréol se fijó en el ademán; pero era tan reposado, tan tranquilo, que ni se le ocurrió que acabara de cometerse una infracción. Nadie vio lo que había hecho la señora de Précilly excepto el caballero de Marcieux, necio pero observador, que pareció estúpidamente contrariado, y Frédéric, el procesado.





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