Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos En eso pensaba, ensimismado, el caballero de Saint-Ismier, un joven oficial que pertenecÃa a una de las familias de más rancio abolengo y más acaudaladas del Delfinado. En una de las tardes más hermosas del mes de junio, iba caminando, meditabundo, por la orilla derecha del Dordoña, frente al burgo de Moulon: iba a caballo y solo le seguÃa un criado. Se hallaba en esos momentos muy cerca del bonito pueblo de Moulon. No sabÃa si debÃa arriesgarse a entrar en Burdeos, cuya máxima autoridad le habÃan dicho que era el capitán Rochegude. Ahora bien, ese capitán pertenecÃa en cuerpo y alma al cardenal, y a Saint-Ismier ya lo conocÃa la terrible Eminencia. Aunque apenas habÃa cumplido los veinticinco años, aquel joven noble se habÃa distinguido mucho en las guerras con Alemania. Pero, al final, cuando estaba en Ruán, en la mansión de una tÃa abuela que pensaba dejarle una herencia considerable, se enzarzó en una disputa, durante un baile, con el conde de Claix, pariente de un presidente del parlamento de NormandÃa muy devoto del cardenal y que intrigaba en esa corporación para favorecer a Su Eminencia. Todo el mundo estaba al tanto en Ruán y por eso el presidente aquel tenÃa más poder que el gobernador: y por eso también Saint-Ismier, tras matar al conde bajo una farola a las once de la noche, se apresuró a salir de la ciudad sin tomarse tiempo siquiera para volver a casa de su tÃa.