Narraciones y esbozos

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Ya hemos dicho que Valentine no tenía experiencia alguna de la vida; adolecía además de esa desdicha que vuelve a una mujer tan seductora: los ojos y los perfiles de la boca expresaban al instante cuanto sentía el alma. En aquel momento, por ejemplo, sus rasgos expresaban todo el júbilo de una reconciliación; aquel hecho tan singular no se le escapó a la mirada experta de Féder y notó una extremada dicha. «No solo ya he confesado mi amor —se dijo—, sino que además me ama o, al menos, me necesita como amigo para ser feliz y consolarse de la zafiedad de su marido; por lo tanto se da cuenta de que su marido es zafio». Era este un gran descubrimiento. «Por tanto —añadió con grandísimo gozo— no tengo que despreciarla por la abominable y necia zafiedad que me ofende en ese gigantón provinciano. No comparte las ridiculeces que le vienen de la conciencia de su fortuna y de la superioridad que usurpa a los demás. Qué alegría tan grande —se dijo Féder—; tengo que sacarle provecho con Valentine».

—No cabría en mí de dicha, señora —le dijo—, si pudiera albergar la esperanza por un solo instante de que tendréis a bien olvidar esa tremenda necedad que me ha hecho pensar en voz alta.

Al decir esto último, Féder contaba demasiado con la sencillez provinciana de su modelo; mas estaba equivocado. Valentine tenía coraje; frunció el ceño y le dijo con bastante firmeza:


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