Narraciones y esbozos

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Capítulo IV

Féder obedeció al instante.

—Tenga la bondad, se lo ruego, señora, de ponerse algo más a la derecha, con el brazo que se apoya en el sillón algo más adelantado hacia mí y la cabeza menos inclinada hacia delante. Se ha apartado un poco de la postura en que empezamos el retrato.

Quedó rectificada la postura no sin unos cuantos mohínes de frialdad de Valentine. Tras lo cual, los enamorados cayeron poco a poco en un silencio delicioso que solo interrumpían a trechos estas palabras de Féder:

—Tenga a bien mirarme, señora.

Féder aceptó sin titubear la cena a la que lo invitaron; también aceptó un asiento en un palco del teatro; pero encontró un momento para decirle a Delangle:

—Cometí la debilidad de contar con obtener un puesto que va a quedar vacante en el Instituto, un amigo se cuidó de acomodar a un inquilino en un cuarto en la quinta planta de la finca en cuya segunda planta vive ese miembro de la Academia que está muy enfermo; y resulta que esta noche no puedo quejarme del académico, que está en las últimas; pero dos de sus colegas, que le habían prometido su voto a la persona que me protege, parecen inclinarse por mi rival, que tiene un parentesco lejano con el ministro de Hacienda nombrado ayer.

—¡Qué infamia! —exclamó Delangle con su vozarrón más sonoro y entonación airada.


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