Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos «¡Tiene que ser ella quien me pida esa palabra de amor!», se había dicho al principio; pero los auténticos motivos de aquel comportamiento suyo eran muy otros; hallaba una voluptuosidad perfecta en la extremada intimidad que había nacido, en todo, entre Valentine y él; no le corría ninguna prisa cambiar de vida, «pues —se decía— en el fondo sigue siendo una niña de colegio de monjas. Si pretendo dar un paso más, ese paso no podrá por menos de ser decisivo; si prevalece la religión, cosa muy posible, sale huyendo y se va a Burdeos, adonde no puedo sensatamente seguirla, y me privo todas las noches de una hora deliciosa que presta interés a todas las demás horas de mi vida y que es, de hecho, el alma de mi existencia. Si cede, pasará como con todas las demás, al cabo de un mes o dos solo encontraré ya hastío donde iba a buscar placer. Entonces vendrán los reproches y, a no mucho tardar, la ruptura, y así también me habré quedado sin esa hora deliciosa que vengo a buscar todas las noches y sin esa animación que noto todo el día al esperarla».