Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Valentine, por su parte, no veía con claridad en su corazón (solo tenía veintidós años y se había pasado la vida en el convento); pero empezaba a hacerse serios reproches. Había estado mucho tiempo diciéndose a sí misma: «Pero si entre Féder y yo no hay nada que reanudar». Descubrió, luego, que pensaba en él continuamente; después, para mayor vergüenza suya, se percató de los arrebatos de amor que sentía cuando él no estaba. Compró una litografía vulgar y la mandó enmarcar y colgar cerca del piano, a una altura de cuatro pies, porque se le figuraba que uno de los personajes era el retrato de Féder. Para justificar la presencia de la litografía, mandó que le comprasen otras siete. Pues bien, cuando estaba sola y pensativa en su cuarto, besaba a menudo el cristal que cubría la imagen de un soldado joven que se parecía a Féder. Como ya hemos dicho, lo que hablaban podrían haberlo oído las personas más respetables y las más severas; pero no habría sido oportuno que aquellas personas se fijasen demasiado en sus miradas.