Recuerdos de egotismo
Recuerdos de egotismo Me conmovió su suerte. Puede que en parte por esta reflexión: «He aquí alguien, pese a todo, más desventurado que yo». Barot le prestó quinientos francos que le han sido devueltos. Al día siguiente, Lussinge o yo le presentamos a la Sra. Pasta.
Ocho días después nos percatamos de que era el preferido entre todos los amigos. Nada más frío y racional que esos dos seres cara a cara. Los he visto a diario durante 4 o 5 años; tras todo ese tiempo no me sorprendería que, otorgándome un mago la facultad de ser invisible[223], me permitiera ver que no hacían cuando estaban juntos el amor, sino hablar de música. Estoy convencido de que la Sra. Pasta, quien durante 8 o 10 años no sólo ha vivido, sino estado en boga en París las tres cuartas partes de ese tiempo, no ha tenido un solo amante francés.[*]
En la época en que le presentamos a M[icheroux], venía cada tarde el apuesto Lagrange a pasar tres horas aburriéndonos, sentado al lado de la Sra. Pasta en su canapé. Es ese general que hacía el papel de Apolo o de guapo español entregado a los bailes de la corte imperial.[224] He visto a la reina Caroline Murat y a la divina princesa Borghese bailar vestidas como los salvajes. De fijo es él uno de los seres más vanos de la buena sociedad; que ya es decir.