Recuerdos de egotismo

Recuerdos de egotismo

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—¡Hola! ¡Usted en París!, ¿y desde cuándo? —Tres días hace. —Venga mañana. Será un placer para mi hermano verle a usted… ¿Y cuál fue mi respuesta a la más amable y amistosa acogida? No fui a ver a tan excelentes parientes hasta 6 u 8 años más tarde. Y la vergüenza de no haber aparecido por casa de mis bienhechores hizo que no fuera más de 10 veces hasta su prematura muerte. Hacia 1829 murió el amable Martial Daru, vuelto torpe e insignificante a fuerza de brebajes afrodisíacos por los que tuve dos o tres escenas con él. Meses más tarde en mi café de Rouen, entonces en la esquina de la calle Rempart, quedé paralizado al encontrarme en el periódico el anuncio de la muerte del Sr. conde Daru.[56] Salté a un coche de punto con lágrimas en los ojos y corrí al número 81 de la calle de Grenelle. Me topé a un lacayo llorando, y lloré a lágrima viva. Me veía como un gran ingrato; el colmo de mi ingratitud fue partir para Italia, creo que esa misma tarde; adelanté mi partida; habría muerto de dolor al entrar en aquella casa. Había también en eso un punto de la locura que tan singular me volvía en 1821.






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