Recuerdos de egotismo
Recuerdos de egotismo También el Sr. Doligny hijo defendía a uno de aquellos infelices pipiolos que habían pretendido conspirar.[57] Me vio desde el puesto que ocupaba en calidad de abogado; no hubo modo de que no visitara a su madre. Tenía mucho carácter, era mujer, no sé por qué no aproveché su acogida, admirablemente solícita, para contarle mis penas y pedirle consejo. También ahí anduve cerca de mi felicidad, pues por boca de mujer muy otro hubiera sido el imperio de la razón sobre mí. Cenaba a menudo en casa de la Sra. Doligny; a la segunda o tercera ocasión ella me invitó a almorzar con la amante del Sr. Dambray, a la sazón canciller. Salió bien, y cometí la tontería de no zambullirme en esa compañía amiga; amante venturoso o rechazado, hubiera hallado algo del olvido que buscaba por doquier, por ejemplo en largos paseos solitarios por Montmartre[*] y por el bosque de Boulogne. Tan desventurado fui allí que más tarde vinieron a espantarme esos lugares tan gratos. Pero estaba ciego entonces. Hasta 1824, cuando el azar me brindó una amante, no vi el remedio a mis penas.[58]
Se me hace muy aburrido lo que escribo; de seguir así no será libro, sino examen de conciencia. Apenas tengo recuerdos claros de esos tiempos de tempestad y pasión.