Recuerdos de egotismo

Recuerdos de egotismo

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En lo físico nunca me ha gustado París. Aun allá por 1803 me horrorizaba como lugar sin montañas en los alrededores. Las montañas de mi país (el Delfinado), testigos de apasionados movimientos de mi corazón durante los 16 años primeros de mi vida, marcaron allá arriba mi carácter con un byas (pli, término inglés)[**] de que nunca he podido desprenderme.[90]

No empecé a estimar París hasta el 28 de julio de 1830. El día mismo de las ordenanzas, a las once de la noche, me burlaba aún del valor de los parisinos y la resistencia que de ellos se esperaba, en casa del Sr. Conde de Réal. Estoy seguro de que ni ese hombre tan jovial ni su heroica hija la Sra. baronesa Lacuée me lo han perdonado aún.[91]

Hoy sí estimo París. Confieso que en valentía debe colocársele entre los primeros, como en cocina y donaire. Mas no por ello me seduce más. Paréceme que hay comedia en su virtud. Los jóvenes nacidos en París de padres provincianos y con energía viril, que la han tenido para hacer una fortuna, me parecen seres desmedrados, atentos sólo a la apariencia externa de su atuendo, al buen gusto de su sombrero gris o a la factura del nudo de su corbata, como los Sres. Féburier, Viollet-le-Duc,[92] etc. No concibo a un hombre sin algo de energía viril, de constancia y hondura en sus ideas, etc. Cosas todas tan raras en París como la grosería o aun la mera rudeza.


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