Rojo y blanco
Rojo y blanco «¿Por qué no la escribo?», se dijo Leuwen. Y esta cuestión se apoderó de su espÃritu los ocho siguientes dÃas.
Mientras se iba acercando a ParÃs, le pasó por la imaginación la calle en que vivÃa la señora Grandet y, a continuación, ella misma. Soltó una carcajada.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Coffe.
—Nada, habla olvidado el nombre de una dama por la que siento una gran pasión.
—CreÃa que estabas pensando en la acogida que te va a dispensar tu ministro.
—¡Que el diablo se lo lleve!… Me recibirá con gran frialdad, me pedirá una relación de los gastos efectuados y los encontrará elevados.
—Todo depende de los informes que le hayan dado los espÃas del ministro sobre tu misión. Tu conducta ha sido furiosamente imprudente, te has entregado plenamente a esta locura de la primera juventud que recibe el nombre de celo.