Rojo y blanco

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En aquel momento, los reunidos quedaron asombrados al escuchar un viva unánime y ensordecedor.

—¿Es de alegría o de indignación? —exclamó el general corriendo hacia la ventana—. Es de alegría, y estamos perdidos…

En efecto, un emisario que llegó con el traje medio destrozado por la dificultad que tuvo en atravesar la compacta muchedumbre, trajo el boletín con el resultado definitivo de la votación.

Por la noche, la ciudad estaba totalmente iluminada.

—Pero ¿dónde están, pues, las ventanas de los cuatrocientos uno partidarios del prefecto? —dijo Leuwen a Coffe.

La contestación fue un espantoso ruido de cristales rotos; estaban rompiendo las ventanas de la casa del presidente Donis d’Angel.

Al día siguiente Leuwen se despertó a las once de la mañana y fue a recorrer, solo, la ciudad. Un extraño pensamiento se había apoderado de su espíritu.

«¿Qué diría la señora de Chasteller si le explicara mi conducta?».

Pasó más de una hora antes de que hallara respuesta a su pregunta, y aquella hora fue verdaderamente deliciosa para él.


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