Rojo y blanco
Rojo y blanco —Piensa en la reacción que proporcionarÃan estas medidas y en la exaltación de ánimos que se producirÃa en los dos departamentos entre las personas de sano juicio partidarias de la justicia. El señor Mairobert serÃa como un rey en su departamento; ¿y si dicho departamento quisiera tener opinión propia sobre lo que sucede en ParÃs? Y para hablar solamente de lo que conocemos, ¿si el departamento deseara lanzar una ojeada sobre los cuatrocientos treinta bobos enfáticos que garrapatean papel en la calle de Grenelle y entre los cuales nos contamos? Y si los departamentos desearan colocar en el ministerio del Interior a seis hombres del oficio, a treinta mil francos de emolumentos más diez mil francos de gastos de representación, que firmaran todo lo que pudiese tener un interés secundario, ¿qué serÃa de los otros trescientos cincuenta, por lo menos, funcionarios encargados de combatir encarnizadamente al buen sentido? Y, de razonamiento en razonamiento, ¿qué serÃa del rey? Todo gobierno es un mal en sÃ, pero un mal que preserva de otro mayor…
—Esto mismo es lo que me decÃa el señor Gauthier, el hombre más inteligente que he conocido, un republicano de Nancy. ¿Por qué no podrÃa estar aquÃ, con nosotros, discutiendo y razonando sobre estos temas? Por otra parte, se trata de un hombre que lee la Theorie des fonctions de Lagrange tan bien como tú y cien veces mejor que yo.