Rojo y blanco
Rojo y blanco La conversación fue interminable entre los dos amigos, ya que Coffe, sabiendo oponerse a cuanto decÃa Leuwen, se habÃa ganado la consideración y estima de éste, y por agradecimiento se creÃa obligado a contestarle. Coffe no salÃa de su estupor al ver que aun siendo rico, no fuese más absurdo. Dejándose llevar por esta idea, le dijo:
—¿Has nacido en ParÃs?
—SÃ, claro.
—¿Y tu señor padre tenÃa en la época de tu nacimiento una residencia magnÃfica e ibas a pasear en coche a los tres años de edad?
—SÃ, claro que sà —contestó Leuwen riendo—. ¿A qué vienen todas estas preguntas?
—Es que me extraña no verte absurdo ni árido de pensamientos; pero esperemos, que esto ya llegará. Debes ver, por el éxito de tu misión, que la sociedad no está de acuerdo con tus cualidades actuales. Si te hubieses limitado a hacerte cubrir de lodo en Blois, el ministro te habrÃa concedido una condecoración a tu llegada.
—¡Al diablo si vuelvo a pensar en esta misión! —exclamó Leuwen.