Rojo y blanco

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Todo aquello fue dicho con muchas más palabras de las indicadas, y por consiguiente, con mucha más medida y circunspección femeninas, pero al mismo tiempo, con abundantes signos de bondad e interés. Leuwen fue muy sensible a ello: desde hacía quince días no había visto muchas caras amigas y empezaba a comprender un poco al mundo; ya era tiempo, pues tenía veintiséis años cumplidos.

«Debería cortejar a esta tímida mujer; la grandeza le aburre y le pesa, y yo podría ser para ella un consuelo. Mi despacho no está ni a cincuenta pasos de su habitación».

Leuwen le explicó que acababa de tachar su nombre de la lista.

—¡Dios mío! —exclamó ella—. ¿Se ha molestado usted? Le prometo que a la primera ocasión le concederán una condecoración. Lo que quería decir: «¿Nos va a dejar usted?».

El acento con que fueron pronunciadas aquellas palabras, impresionó profundamente a Leuwen, y estuvo a punto de besarle la mano. La señora de Vaize estaba muy emocionada, y él henchido de agradecimiento.

«Pero si me uno a ella con amistad íntima, ¡cuántas aburridas cenas tendría que soportar, con la cara de su marido al otro lado de la mesa, y a veces la del pillo de su primo, Desbacs!».

Estas reflexiones no le ocuparon ni medio segundo.


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