Rojo y blanco
Rojo y blanco «No siente ya miedo —se dijo éste—. ¡Oh, Dios mÃo! ¡Debo haber permanecido callado durante más de un minuto!».
—¿Hace mucho rato que estoy sumido en este ensueño?
—Por lo menos tres minutos —contestó la señora de Vaize con el tono de la más extrema bondad.
Pero en esta bondad que intentaba subrayar, habÃa por ello mismo algo del reproche que la esposa de un todopoderoso ministro, que no está acostumbrada a tales distracciones, dirige a un joven interlocutor, y en conversación privada además.
—Es que estoy a punto de sentir por usted, señora, un sentimiento del que más tarde puedo arrepentirme.
Después de aquella pequeña argucia, Leuwen no tenÃa ya nada más que decir a la señora de Vaize. Añadió algunas frases de cumplido, la dejó colorada como el fuego y corrió a encerrarse en su despacho.