Rojo y blanco
Rojo y blanco «Me estoy olvidando de vivir —se dijo—. Todas estas tonterÃas de la ambición me distraen de la única cosa en el mundo que es verdaderamente real para mÃ. Es absurdo sacrificar su corazón a la ambición y, no obstante, carecer de ambición… Yo tampoco soy tan ridÃculo. He querido demostrar agradecimiento a mi padre. Pero las cosas son asÃ… Van a creer que estoy molesto por no haber recibido un ascenso o una condecoración. Mis enemigos del ministerio pueden decir que he ido a Nancy a entrevistarme con los republicanos de la ciudad. Después de haber hecho hablar al telégrafo, éste hablará contra mÃ… ¿Por qué preocuparme de un instrumento tan diabólico?», se dijo Leuwen casi riendo.
Una vez tomada la decisión de ir a Nancy, Leuwen se sintió un hombre nuevo.
«Debo esperar el regreso de mi padre, que llega uno de estos dÃas; es un deber que tengo, y estoy deseando conocer su opinión sobre mi conducta en…, que tan mala acogida ha tenido en el ministerio».
Por la noche, el deseo de que no se le considerara enojado le hizo aparecer extraordinariamente brillante en la reunión de casa la señora Grandet. En el saloncito oval, en medio de treinta personas quizá, fue el centro de la conversación, e hizo que cesaran todas las particulares durante veinte minutos por lo menos.
Aquel éxito electrizó a la dueña de la casa, que se decÃa: