Rojo y blanco
Rojo y blanco «En fin, no me he aburrido ni un solo instante en este departamento, y si no hubiese estado alejado de mi mujer, me hubiese sentido allà perfectamente feliz. HacÃa ya muchos años que no habÃa pasado tanto tiempo hablando con personas fastidiosas, de modo que estoy completamente saturado de aburrimiento oficial y de vulgaridades, tanto por las que he dicho yo, como por las que he tenido que escuchar sobre el gobierno. Ninguno de estos benditos del justo medio, repitiendo constantemente y sin comprenderlas las frases de Guizot o de Thiers puede compensarme en escudos el precio del hastÃo mortal que me inspira su presencia. Cuando me separé de tales personas, seguà atontado durante una hora o dos, y terriblemente fastidiado.
—Si fuesen más malintencionados o por lo menos fanáticos —dijo la señora Leuwen—, no serÃan tan molestos.
—Ahora cuéntame tus aventuras en Champagnier y en… —añadió el señor Leuwen dirigiéndose a su hijo.
—¿Quieres mi historia larga o corta?
—Larga —dijo la señora Leuwen—. Me divirtió mucho la primera vez que me la contaste, y oÃrla una segunda vez será un placer. Siento curiosidad —añadió dirigiéndose a su esposo— por saber lo que opinas de ella.