Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Pues bien! —dijo el señor Leuwen, con aire agradablemente resignado—, son las once menos cuarto, que hagan ponche, y explÃcate.
La señora Leuwen hizo un gesto al mayordomo y la puerta fue cerrada. Luciano no empleó más que cinco minutos en explicar la algarada de Blois y la elección de Champagnier.
—Es en lo referente a Caen, en lo que tendré necesidad de tus consejos —dijo a su padre después.
Y le explicó todo lo que nosotros hemos contado extensamente al lector.
Hacia la mitad de la explicación, el señor Leuwen empezó a hacer preguntas.
—Más detalles, más detalles —decÃa a su hijo—, únicamente existe la verdad y la originalidad en los detalles…
»Aquà vemos el modo como te ha tratado el ministro a tu regreso —dijo el señor Leuwen a las doce y media. ParecÃa profundamente indignado.
—¿He obrado bien o mal? —preguntó Luciano—. En verdad, no sabrÃa responderme a mà mismo. En el campo de batalla, en medio de la emoción de los acontecimientos, he creÃdo más de mil veces haber obrado bien, pero ahora, aquÃ, las dudas se presentan en multitud a mi espÃritu.