Rojo y blanco
Rojo y blanco —Pues yo no tengo ninguna —observó la señora Leuwen—. Te has conducido como pudiera hacerlo el hombre más valiente. Si hubieses tenido cuarenta años, tal vez habrÃas empleado más comedimiento con ese minúsculo literato de prefecto, ya que la animadversión de un escritor es casi tan peligrosa como la de un sacerdote, pero también es cierto que a los cuarenta años hubieses sido menos osado en tus gestiones cerca de los señores Disjonval y Le Canu…
La señora Leuwen tenÃa aspecto de solicitar la aprobación de su esposo, el cual permanecÃa callado, y de abogar en favor de su hijo.
—Voy a sublevarme contra mi abogado —dijo Luciano—. Lo que está hecho, hecho está, y me preocupa muy poco el ganso imbécil de la calle de Grenelle. Pero el que está alarmado es mi orgullo; ¿qué opinión debo tener de mà mismo? ¿Es que valgo algo? Esto es lo que quiero que me contestes —añadió dirigiéndose a su padre—. No te pregunto si continúas teniéndome el mismo afecto, ni lo que piensas decir a los demás. Puedo alterar perfectamente los hechos volviéndolos en mi favor al contártelos, y entonces las medidas que yo adopté según ellos, serÃan completamente justificadas desde mi punto de vista. Te aseguro que Coffe no es ningún fastidioso.
—Me hace el efecto de un malintencionado.