Rojo y blanco

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—No me parece bien que esté usted en el ministerio. Le hubiera ofrecido una colocación de cuatro mil francos en mi Casa. Desde el fallecimiento del pobre Van Peters, no trabajo lo suficiente, y como consecuencia de la estúpida conducta del conde de Vaize con respecto al héroe aquí presente, empiezo a sentir deseos de hacer seis semanas de semi-oposición. Estoy muy lejos de creer que pueda tener éxito, mi reputación de hombre inteligente hará desmelenar a mis colegas, y no podría conseguir nada sino es reuniendo a mi alrededor una escuadra de quince o veinte diputados… La verdad es que mis opiniones no molestarán en absoluto las suyas… Por muchas tonterías que deseen, yo pensaré como ellos y les diré… Pero, pardiez, señor de Vaize, me tendrá usted que pagar la tontería cometida con mi joven héroe. Y éste se indignaría si yo me vengara en calidad de banquero… Toda venganza sale cara para aquél a quien se venga —añadió el señor Leuwen, hablando en voz alta consigo mismo—, pero yo, como banquero, no puedo sacrificar ni un adarme a la honradez. Lo mismo si hay ocasión de realizar buenos negocios, como si continuamos siendo amigos íntimos…

Y cayó en un ensimismamiento. Luciano, que empezaba a encontrar demasiado larga toda aquella sesión de política, vio a la señorita Raimunda en un palco del quinto piso y desapareció.


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