Rojo y blanco

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—Querido amigo, no se debe ser insaciable.

—En este caso, habrá que tener paciencia.

El señor Leuwen se hizo inscribir para hacer uso de la palabra al día siguiente. Para aquella tarde, invitó a todos sus amigos a cenar.

—Señores —les dijo al sentarse a la mesa—, he aquí una pequeña lista de empleos que he presentado al señor ministro de Hacienda, que se creyó haberme cerrado la boca concediendo una condecoración a mi hijo. Pero si mañana, antes de las cinco, no nos son concedidos por lo menos cinco de estos empleos que tan justamente deben a ustedes, reuniremos nuestras veintinueve bolas negras junto con otras once que me han prometido en la sala de sesiones y que en total sumarán cuarenta, y además me lanzaré a fondo contra nuestro excelente ministro del Interior, el cual, junto con el señor Beausobre, se opone a nuestras demandas. ¿Qué piensan ustedes de ello, señores?

Y con el pretexto de interrogar a aquellos caballeros sobre la cuestión que debía debatirse al día siguiente, les enteró de ella.

A las diez se fue a la ópera. Le había dicho a su hijo que se colocara la condecoración sobre su uniforme, que jamás se ponía. En la ópera hizo advertir al ministro, sin aparentar dar demasiada importancia al asunto, que tenía intención de hablar en la Cámara, y que disponía ya de cuarenta votos seguros.


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