Rojo y blanco
Rojo y blanco A las cuatro de la tarde del dÃa siguiente, en la Cámara, un cuarto de hora antes de ponerse a discusión la orden del dÃa, el ministro de Hacienda le comunicó que cinco de las plazas habÃan sido concedidas.
—La palabra de Su Excelencia es oro en barras para mÃ, pero los cinco diputados padres de familia por los cuales me he tomado interés, saben perfectamente que los señores de Beausobre y de Vaize son opuestos a tal concesión, y desearÃan una confirmación oficial; hasta tanto no la reciban, se mostrarán incrédulos sobre ello.
—¡Leuwen, esto es demasiado fuerte! —dijo el ministro; y enrojeció hasta el blanco de los ojos—. De Vaize tiene razón, eres capaz de hacer indignar hasta…
—¡Pues bien!, ¡la guerra! —exclamó Leuwen.
Un cuarto de hora más tarde subió a la tribuna.
Se pasó a votación la propuesta ministerial, y el gobierno obtuvo una mayorÃa de treinta y siete votos, la cual fue considerada totalmente alarmante. Finalmente, el señor Leuwen tuvo el honor de que el Consejo de Ministros, presidido por el rey, se ocupara de él, deliberando extensamente. El conde de Beausobre propuso meterle miedo.