Rojo y blanco
Rojo y blanco —Todo esto es bastante trivial; hablan continuamente de guerra, de heroísmo, de honor, ¡y desde hace veinte años no hay enemigos! Mi padre pretende que nunca una Cámara avara se determinará a pagar los gastos de una campaña. Para ¿qué servimos entonces? Para demostrar nuestro celo, como hacen los diputados vendidos.
Mientras se hacía esta profunda reflexión, Luciano se tumbó, horriblemente descorazonado, sobre un sofá de provincias, uno de cuyos brazos se rompió con el peso; se levantó furioso y terminó de destrozar el viejo mueble.
¿No le hubiera validó más sentirse loco de felicidad, como lo hubiese estado, en el sitio de Luciano, cualquier joven de provincias cuya educación no hubiese costado cien mil francos? ¡Existe, pues, una falsa civilización! ¡No hemos podido alcanzar la perfección en cuanto a civilización! ¡Y durante el día entero, decimos ingeniosidades sobre las molestias que acompañan a dicha perfección!