Rojo y blanco
Rojo y blanco Como quiera que un jefe de unidad es observado con ojos aún más celosos que un petimetre de ParÃs que llega con una subtenencia, aquel movimiento hábil fue advertido por los lanceros e hizo mucho honor a nuestro protagonista.
—¡Y todavÃa dicen que los caballos ingleses no tienen boca! —comentó el sargento La Rose, el misino que la vÃspera habÃa tomado el partido de Luciano en el momento de su caÃda—. No tienen boca para quien no sepa encontrársela; este novato por lo menos sabe lo que se hace; se ve que se ha preparado para poder entrar en el regimiento —añadió dándose importancia.
Aquella demostración de respeto hacia el 27.º de lanceros fue generalmente coreada por los vecinos del sargento.
Sin embargo, al maniobrar para seguir al caballo del coronel, la cara de Luciano traicionó, a pesar suyo, un poco de ironÃa.
—Maldito republicano de peste, te arrepentirás de esto —pensó el coronel; y Luciano se ganó un enemigo que estaba en situación de poderle causar mucho daño.
Cuando, finalmente, pudo librarse de las asiduidades de los oficiales, del servicio del cuartel, de las treinta y seis cornetas, etc., etc., se sintió horriblemente triste. Un solo pensamiento surgÃa de su alma: