Rojo y blanco
Rojo y blanco Mientras Luciano acaparaba el honor de recibir sobre él toda la envidia de la buena sociedad de Nancy, que se había enterado ya de que había comprado un caballo de cien luises, desesperado por la fealdad de la ciudad, condujo su caballo a las cuadras de la Prefectura, cuyo uso le había ofrecido él señor Fléron por quince días.
Al día siguiente hubo parada del regimiento, y el coronel Malher de Saint-Mégrin hizo reconocer a Luciano en su calidad de subteniente. Después del desfile, Luciano estuvo en el cuartel, de inspección; una vez regresado a casa, las treinta y seis cornetas fueron a dar bajo su ventana, una diana. Salió bastante bien de todas aquellas ceremonias, más necesarias que divertidas.
Estuvo durante todas ellas frío como cadena de pozo, aunque alguna vez, y a su pesar, las comisuras de sus labios indicaron algo de ironía, lo cual fue observado; por ejemplo, al darle el coronel. Malher el abrazo delante de todo el regimiento, manejó mal su caballo que, en el momento del abrazo, se alejó un poco del de Luciano; pero Lara, obedeció admirablemente una ligera indicación de la brida y con una leve presión de las rodillas siguió suavemente el movimiento intempestivo del caballo del coronel.