Rojo y blanco

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Al instante, el principio monárquico se vio miserablemente abandonado; pero Sanréal, enmudeció de repente; había descubierto la curiosidad de la mirada de la señora de Hoquincourt, y fue únicamente palabra por palabra, por así decirlo, como pudo relatar su historia. El mozo de cuadra del prefecto había sido anteriormente criado en casa de Sanréal, y el celo por la verdad histórica había conducido a este noble marqués hasta las cuadras de la Prefectura; allí, por su ex-criado, se había enterado de todas las circunstancias del mercado. Pero, en un momento dado, había sabido por aquel hombre que, según todas las apariencias, la avena iba a subir de precio. Parecía ser que el subprefecto, encargado de los mercuriales, había ordenado que sin perder tiempo se hiciera la provisión para él señor prefecto; y él mismo, rico propietario, había declarado que no vendería ni un solo kilo de su avena. Al oír aquello, se produjo en el noble marqués un cambio completo en sus preocupaciones; se dignó, incluso, dirigirse hacia la Prefectura; era casi como un actor que, representando un papel en un teatro, se entera de que hay fuego en su casa. Sanréal tenía avena para vender, y en provincias, el menor interés pecuniario eclipsa inmediatamente cualquier otro interés; se olvida la más interesante conversación, deja de prestarse atención a la más apasionante historia escandalosa. Al regresar a casa de Hoquincourt, Sanréal se hallaba profundamente preocupado por la necesidad de no dejar escapar ni una sola palabra sobre la avena; había en la reunión varios ricos propietarios que habrían podido obtener ventajas, y vender antes que él.


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