Rojo y blanco

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—Se debe decir: poco delicado —interrumpió el ministro de la Guerra recalcando el se—. Se añaden detalles, ofrecimientos de dimisión, se dan versiones exactas de todo lo ocurrido, ¡y las personas se acuerdan de ello!

El anciano guerrero levantaba la voz.

—Me parece —dijo el rey— que hay situaciones que sería mejor discutir razonablemente, sin caer en personalismos y, sobre todo, sin levantar la voz.

—Sire —añadió el conde de Beausobre—, el respeto que debo a Su Majestad me cierra los labios. Pero en todas partes…

—Su Excelencia puede encontrar mi dirección en el Almanach Royal —dijo el ministro de la Guerra.

En el Consejo de Ministros, escenas como aquélla se producían todos los meses. La reunión de las tres letras R.E.Y. habían perdido todo su hechizo en París.

Una serie numerosa de semiestúpidos, que por aquel entonces recibía el nombre de oposición dinástica y se dejaba conducir por algunos hombres de ambición indecisa, que hubiesen podido ser y no habían querido, ministros de Luis-Felipe, realizaron algunos sondeos cerca del señor Leuwen. Éste quedó profundamente extrañado por ello. Se decía a sí mismo:


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