Rojo y blanco
Rojo y blanco —Me lo he dicho a mà mismo más de cien veces —prosiguió el doctor—, pero es superior a mis fuerzas; cuando se me ocurre una idea, me encuentro como enamorado de la tribuna, la miro con cariño, y me siento furioso de celos contra el que la ocupa. Cuando reina el silencio, cuando las tribunas repletas de hermosas y jóvenes mujeres, están atentas a lo que se dice, poseo el valor de un león, y serÃa capaz de enfrentarme al Dios Padre. Pero por la noche, después de cenar, la inquietud se apodera de mÃ. Voy a alquilar una habitación en el Palais Royal. En cuanto al coche, ya he pensado en ello; sin embargo, podrÃan comprar al cochero para que lo hiciera volcar. HarÃa venir uno de Nancy, pero el señor Rey o el señor de Vassigny, al marcharse, serÃan capaces de prometerle veinticinco luises para que me hiciera romper la cabeza…
Se les acercó un hombre borracho y el doctor apretó el brazo de Luciano con toda fuerza.
—¡Ah, mi querido amigo! —le dijo un instante más tarde—. ¡No sabe la suerte que tiene al poseer valor!