Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Ah, ya veo que no conoce usted al ministro! Posee un amor propio que se excita por nada y jamás olvida. El corazón de este hombre, si es que tiene corazón, es un tesoro de odios y rencores. Si tuviera el poder que tuvieron un Carrier o un Joseph Le Bon, mandaría a la guillotina a quinientas personas únicamente para satisfacer pequeñas venganzas personales, las cuatro quintas partes de las cuales habrían olvidado incluso su nombre si no fuera ministro. Usted mismo, que está con él todos los días y que quizá se enfrenta o le discute algo, si tuviera el poder supremo, le aconsejaría que cruzara el Rhin lo más rápidamente posible.
Luciano se dirigió urgentemente a ver al señor Crapart, jefe de la policía del reina a las órdenes del ministro del Interior.
«¿Qué explicaciones puedo darle a este pillo?, se decía mientras atravesaba el patio y los pasillos que conducían a la dirección de Policía. La verdad, la inocencia del general, su pobreza, mi amistad hacia él, serán razones ridículas a los ojos del señor Crapart. Me tomará por un niño».
El ujier, que sentía mucho respeto hacia el secretario particular del ministro, le dijo que el señor Crapart estaba reunido con dos o tres confidentes de la buena sociedad.