Rojo y blanco

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Luciano contempló desde la ventana los coches de aquellos señores. No pudo reconocerlos, aunque les vio subir a sus carruajes.

«¡Encantadores espías, a fe mía! —se dijo—. No tienen el aire muy distinguido que digamos».

El ujier le avisó que podía pasar, y él le siguió con aspecto pensativo. Al entrar en el despacho del señor Crapart, estaba más alegre.

Después de los primeros cumplidos, dijo:

—Hay por ahí un cierto general Fari…

Crapart adoptó un aire serio y adusto.

—Ese hombre es un pobre diablo, pero no carece de cierta honradez. Cada año paga a mi padre dos mil francos que saca de su sueldo. Hace tiempo, en un rapto de imprudencia, mi padre le prestó mil luises, de los cuales Fari le debe aún nueve o diez mil francos. Tenemos, pues, un interés directo y especial en que continúe prestando servicio por lo menos cuatro o cinco años más.

Crapart seguía pensativo.

—No quiero ni puedo engañarle a usted, querido colega —dijo al fin—. Va usted a ver lo que ha escrito el ministro con su propia mano.

Crapart buscó un papel durante cuatro o cinco minutos, y al no encontrarlo, empezó a lanzar juramentos.

—¿Es que se quiere que pierda mis minutos? ¡C…!


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