Rojo y blanco
Rojo y blanco Cuando hubo disfrutado bastante con el aturdimiento del señor des Ramiers, al cual la aparente falta de inteligencia de Leuwen obligó a plantear la cuestión en términos de absoluta claridad, y con ello, en el más odioso contraste con su moral tan suave, Luciano lo mandó al ministro y le dejó entrever que la presente conversación debía tener un punto final. Entonces el señor des Ramiers insistió, y Luciano, molesto ya por la cara almibarada de aquel hipócrita, empezó a sentirse dispuesto a tratarle con dureza.
—¿No podría usted, señor, tener la amabilidad de exponer personalmente a Su Excelencia, la cruel necesidad en que me hallo? Mis mandatarios me reprochan seriamente ser infiel a las promesas que les hice. Pero, por otro lado, ¡que tenga yo que reclamar a Su Excelencia la destitución de un padre de familia!… No obstante, tengo deberes que cumplir con la mía propia. La confianza del gobierno, podría llamarme a ocupar un cargo en el Tribunal de Cuentas, por ejemplo, y en tal caso, sería preciso llevar a cabo una nueva elección en la circunscripción electoral. ¿Y cómo podría presentarme ante mis mandatarios si la conducta del señor Tourte no ha recibido ninguna muestra decisiva de desaprobación?