Rojo y blanco

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La dulce señora de Vaize, arrastrada a su pesar por un sentimiento completamente nuevo en ella, declaró a su marido, con una firmeza que le dejó atónito, que tendría dolor de cabeza y que cenaría en sus habitaciones cada vez que el señor des Ramiers comiera en el ministerio. Al cabo de dos o tres intentos, el conde de Vaize terminó por borrar el nombre de des Ramiers de la lista de diputados invitados. Al saberse esto, más de la mitad de los diputados del centro dejaron de estrechar la mano al almibarado redactor del periódico ministerial. El señor Leuwen padre, que no tuvo conocimiento de la anécdota más que algún tiempo más tarde, por una indiscreción de Desbacs, se la hizo explicar con todo detalle por su hijo, y como el apellido Tourte le pareciera significativo y apropiado, pronto dicha anécdota brilló por todos los salones de la alta diplomacia. El señor des Ramiers, que se metía por todas partes, había conseguido, no sé exactamente cómo, ser presentado al embajador de Rusia, el señor N…, el cual, en una recepción dada en honor del príncipe N…, exclamó cuando el señor des Ramiers le saludó:

—¡Ah, el señor des Ramiers de Tourte!

Al oírlo, el moderno Fénelon se puso intensamente púrpura, y al día siguiente el señor Leuwen padre hizo circular la anécdota por todo París.


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