Rojo y blanco
Rojo y blanco —Me refiero a la señora Berchu, señor, la que tiene una hija tan linda, la señorita Sylviane; el coronel de Busant se aprovisiona en el mismo sitio. Es aquella hermosa tienda de allà abajo, cerca de los cafés; y busque un pretexto, mientras hace las compras, para poder hablar con la señorita Sylviane. Es la beldad de nuestra clase burguesa —añadió con aire serio que no sentaba bien a su redonda cara—. Con su honestidad, que las demás no poseen, puede sostener cualquier comparación con las señoras de Hoquineourt, de Chasteller, de Puylaurens, etc., etcétera.