Rojo y blanco

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Hasta entonces no se habían cruzado entre el rey y él, otras frases que las de estricta educación en un baile o en una recepción. En los días que siguieron a la Revolución de Julio, había tenido ocasión de comer dos o tres veces en la mesa del rey. Por aquellos tiempos, las cosas eran distintas de las actuales, y Leuwen, persona difícil de engañar, había sido uno de los primeros en darse cuenta del odio que inspiraba un ejemplo tan pernicioso. Entonces, había leído en su mirada augusta:

«Voy a meter miedo en el cuerpo a los propietarios y a convencerles de que esto es la guerra de los que carecen de todo contra los que poseen algo».

Para no pasar por tan estúpido como algunos diputados de provincias invitados al mismo tiempo que él, Leuwen había expresado algunas ironías convenientemente encubiertas contra aquella idea que nadie se atrevía a manifestar.

Había temido por un momento que se deseara comprometer al pequeño comercio de París haciéndole derramar su sangre. Encontró aquella idea de mal gusto y, sin pensarlo más, presentó su dimisión como jefe de batallón, cargo al que le había llevado el pequeño comercio, al cual prestaba generosamente algunos billetes de mil francos, y dejó de asistir a las comidas de los ministros bajo pretexto de que eran aburridas.


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