Rojo y blanco
Rojo y blanco No obstante, el señor conde de Beausobre, ministro de Asuntos Extranjeros, le decÃa: «Un hombre como usted…», y le perseguÃa con invitaciones a cenar. Pero Leuwen habÃa sabido resistir a tan hábil elocuencia.
En 1792 habÃa tomado parte en una o dos campañas, y las palabras República Francesa, le parecÃan como el nombre de una antigua amante que se habÃa portado mal con él. En fin, su hora no habÃa sonado todavÃa.
La cita que le daba el rey, puso en confusión todas sus ideas, y estaba tan atento en su propia observación, que no se daba cuenta de su sangre frÃa.
En Palacio, el señor Leuwen se portó admirablemente, pero con una perfecta tranquilidad, por lo menos en apariencia. La inteligencia fina y cautelosa del primer personaje del paÃs, captó inmediatamente aquel matiz y quedó francamente descontento de él. Intentó, en vano, emplear un tono amistoso para dar alas a la ambición de aquel burgués.
Pero no ultrajemos la reputación de sagacidad de aquel hombre célebre. ¿Qué podÃa hacer sin victorias militares y ante una prensa malintencionada y espiritual? Hagamos observar, por otra parte, que aquel famoso personaje veÃa a Leuwen por primera vez.