Rojo y blanco

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El procurador de la Baja Normandía que llevaba el título de Rey, empezó por decir a Leuwen, como ya lo había hecho su ministro: «Un hombre como usted…». Pero al encontrar a aquel plebeyo acorazado contra sus suaves palabras y ver que perdía el tiempo inútilmente, no queriendo, por la extensión que podía tomar aquella entrevista, a dar a Leuwen una idea exagerada del servicio que se le solicitaba, el rey, en menos de un cuarto de hora, pasó a mostrarse completamente campechano y sin artificios.

Al observar aquel cambio de actitud en un hombre tan hábil, Leuwen se sintió contento de si mismo, y aquel primer éxito le devolvió por completo su confianza en sus posibilidades.

«Ahora resulta que Su Majestad renuncia a su borbónica finura», se dijo.

Le hablaba con aire paternal y como si en lo que le decía, que era realmente importante, hubiera algo de forzado y como obligado por los acontecimientos:

—He deseado verle, mi querido señor, sin que lo supieran mis ministros, porque me temo que con excepción del mariscal (el ministro de la Guerra), no le han proporcionado a usted ni al teniente Leuwen demasiados motivos para estar contentos de ellos. Mañana tendrá efecto, según todo parece indicar, la votación definitiva sobre la ley de…


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