Rojo y blanco
Rojo y blanco —Estoy preocupado por algo —le dijo el ministro de la Guerra—. ¿Qué es lo que desea usted, dentro de lo razonable, para su hijo? ¿Aspira a verle prefecto? Nada serÃa más sencillo. ¿Le quiere usted secretario de Embajada? En esto habrÃa que salvar una jerarquización molesta. Le nombrarÃa segundo secretario, y al cabo de tres meses, primero.
—¿Dentro de tres meses? —preguntó el señor Leuwen con aire naturalmente dubitativo y muy lejos de ser exagerado.
A pesar de aquel correctivo, el mariscal hubiese considerado esta pregunta como una insolencia, si hubiera procedido de cualquier otra persona. Al señor Leuwen le contestó con aspecto de la mayor inocencia y de verdadera preocupación:
—No hay duda de que esto constituye una dificultad. Proporcióneme usted una manera de soslayarla.
Como el señor Leuwen no encontró ninguna respuesta adecuada, se limitó a expresarle su agradecimiento, y su amistad más verdadera y sencilla.
Aquellos dos grandes farsantes eran sinceros. Ésta fue la conclusión a que llegó la señora Leuwen cuando su marido le repitió el diálogo sostenido, durante su aparte, con el mariscal.
En el segundo baile, todos los ministros se vieron en la obligación de asistir a él. La pobre señora de Vaize casi lloró mientras decÃa a Luciano: