Rojo y blanco
Rojo y blanco —En los bailes de la próxima temporada, ustedes serán ministros y nosotros los invitados.
—No la apreciaré a usted más entonces que ahora, porque ello serÃa imposible. Pero ¿quién será ministro en esta casa? Yo no, ciertamente, y aún menos mi padre, si es que puede evitarlo.
—Son ustedes muy malos; nos derriban y no saben a quién poner en nuestro lugar. Y todo ello porque el señor de Vaize no ha hecho lo que usted esperaba de él cuando regresó de Caen.
—Me hace usted sentirme desolado por su aflicción. ¡Que no pueda consolarla entregándole mi corazón! Pero usted sabe perfectamente que es suyo desde hace mucho tiempo.
Y esto fue dicho con suficiente seriedad para que no pudiera ser considerado como una impertinencia.
La pobre señora de Vaize no poseÃa bastante ingenio para poder contestar a aquello. Se contentó con sentirla confusamente. ConsistÃa, poco más o menos, en lo siguiente:
Si estuviera absolutamente segura de que me amas, si pudiera consentir en aceptar tus homenajes, la felicidad de ser tuya seria quizás el único consuelo posible a la desgracia de perder el ministerio.