Rojo y blanco
Rojo y blanco El verdadero carácter de Luciano aún no se había manifestado plenamente. Esto es algo realmente curioso a los veinticuatro años. Bajo un exterior que tenía algo verdaderamente distinguido y noble, su carácter era naturalmente alegre y despreocupado. Así había sido durante dos años a raíz de su expulsión de la Escuela, pero aquella alegría, después de su aventura en Nancy, sufría ahora un verdadero eclipse. Su espíritu admiraba la vivacidad y los encantos de la señorita Raimunda, pero únicamente pensaba en ella cuando quería matar la parte más noble de su alma.
En el curso de aquella crisis ministerial, se unió a este tema de tristeza el escocedor remordimiento de no sentir afecto ni ternura hacia su padre. El abismo entre aquellos dos seres era demasiado profundo. Todo lo que a Luciano, con razón o sin ella, le parecía sublime, generoso o tierno, todas las cosas que pensaba eran dignas de morir por ellas, resultaban tema de bromas e ironías para su padre. No estaban de acuerdo más que en un solo sentimiento: la amistad íntima, consolidada por treinta años de estar sometida a prueba. En realidad, el señor Leuwen era de una delicadeza exquisita que llegaba casi a lo sublime, para cuanto se refiriera a Las debilidades de su hijo; pero éste tenía demasiado tacto para adivinarlo, pues se trataba de la sublimación de la inteligencia, de la finura, del arte de ser educado, delicado, perfecto.