Rojo y blanco
Rojo y blanco —Lo retraso todo —decÃa a su esposa y a su hijo—, hago decir al mariscal que podrÃa realizar una encuesta sobre los cuatro o cinco millones de sueldos que dilapida, impido al señor de Vaize, que está fuera de sÃ, realizar locuras, hago decir a este gordo ministro de Hacienda que no atacaremos más que algunos pequeños epÃgrafes de su presupuesto, etc., etc. Pero en medio de todas estas dilaciones, no se me ocurre ni una sola idea. ¿Quién podrÃa darme una idea de limosna?
—No puedes comer el helado, y tienes miedo de que mientras tanto se derrita —dijo la señora Leuwen—. ¡Vaya situación para un gastrónomo!
—Y me muero de miedo al pensar que no tendré tentaciones de comerme el helado cuando éste ya se haya derretido.
Estas conversaciones se reproducÃan todas las noches, alrededor de la mesita en la cual la señora Leuwen tomaba su tisana.
Toda la atención del señor Leuwen estaba entonces dedicada a retrasar la caÃda del ministerio. En este sentido se manifestó en las tres o cuatro últimas conversaciones que sostuvo con un elevado personaje. No podÃa ser ministro, no sabÃa a quién llevar al ministerio, y si alguno se constituÃa sin que formara parte de él, perderÃa su prominente posición actual.