Rojo y blanco
Rojo y blanco Desde hacÃa dos meses, el señor Leuwen estaba suma mente fastidiado por las asiduidades del señor Grandet, que con gran entusiasmo se habÃa puesto a… (Una página en blanco.)… los Pares.
—No, quiere ser ministro.
—¿Ministro él? ¡Gran Dios! —exclamó el señor Leuwen soltando la carcajada—. ¡Los funcionarios de su ministerio se burlarÃan de él!
—Pero en cambio está poseÃdo de esa importancia densa y tonta, que tanto gusta a la Cámara de los diputados. En el fondo, estos señores detestan la inteligencia. ¿Qué era lo que les disgustaba de los señores Guizot y Thiers sino la inteligencia que poseÃan? La verdad es que no admiten la inteligencia más que como un mal necesario. Es un efecto de la educación del Imperio y de las invectivas de Napoleón contra la ideologÃa del señor de Tracy, a su regreso de Moscú.
—CreÃa que la Cámara no querrÃa descender aún más bajo que del señor de Vaize. Este gran hombre tiene exactamente el grado de ordinariez necesario y de inteligencia al estilo de Villèle para hallarse a mismo nivel que la mayorÃa de los componentes de la Cámara. Pero a ese señor Grandet, tan vulgar y grosero, ¿podrÃan soportarlo los diputados?