Rojo y blanco
Rojo y blanco —La vivacidad de espíritu y la delicadeza constituirían, ciertamente, un defecto mortal para un ministro; las Cámaras del antiguo régimen, en las que actuó el señor de Martignac, perdonaron con muchas dificultades su ligero espíritu vodevilesco; ¿qué habría sucedido si hubiese añadido a tal inconveniente esta delicadeza que tanto molesta a los tenderos y a las gentes acaudaladas? Si es que debe existir algún exceso, el de grosería es el menos peligroso; siempre se está a tiempo de remediarlo.
—Pero este señor Grandet no concibe otra virtud que la de exponerse a un tiro de pistola o al fuego de una barricada de revoltosos. En cuanto un hombre no busca en cualquier asunto un beneficio monetario, una colocación para algún familiar o alguna condecoración, se le acusa inmediatamente de hipocresía. Dice que los tres tontos más insignes de Francia, en su opinión, han sido: el señor de La Fayette, Dupont de l’Eure y Dupont de Nemours, aquel que entendía el lenguaje de los pájaros. Si poseyera un ápice de inteligencia, algo de instrucción y un poco de agilidad mental para poderse desenvolver con cierta facilidad en una conversación, tal vez podría hacerse alguna ilusión; pero el menos clarividente se da cuenta en seguida de que no se trata más que de un comerciante de jengibre enriquecido que quiere ser duque.