Rojo y blanco
Rojo y blanco Desde hacía un mes, al recordar tiernamente que en otro tiempo habían trabajado juntos en casa del señor Perrégaux, el señor Grandet le colmaba de atenciones y parecía no poder vivir sin la compañía del padre o del hijo.
—Este vanidoso, ¿estará deseando ser nombrado recaudador general en París, o aspira a ser nombrado par del Reino?.
Era hombre mucho más vulgar, todavía, que el señor de Vaize.
«El señor conde de Vaize es un auténtico Voltaire por su inteligencia, y un Juan Jacobo por sus sentimientos novelescos, si se le compara con Grandet».
Era un hombre que, como el señor de Castries en el siglo XVI, no podía concebir se hablara tanto de d’Alembert o de Diderot, personas que carecían de carroza. Tales ideas eran de buen tono en 1780, pero hoy en día están por debajo de una gaceta legitimista de provincias y comprometen al partido que las sustenta.