Rojo y blanco

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Después del extraordinario éxito que su segundo discurso en la Cámara había proporcionado al señor Leuwen, Luciano observó que en el salón de la señora Grandet, era considerado como un personaje totalmente distinto. Intentó aprovecharse de su nueva fortuna, y habló a ésta de su amor, pero en todo el lujo costoso de que estaba rodeada, Luciano no podía ver más que el gusto del ebanista o del tapicero. La delicadeza de dichos artesanos no hacía más que ponerle de manifiesto cada vez con mayor claridad, los rasgos del carácter de la señora Grandet. Se veía perseguido por una imagen funesta que en vano hacía esfuerzos para alejar de su pensamiento: la de la mujer de un mercero que acaba de ganar un premio gordo en una de aquellas loterías de Viena que los banqueros de Frankfurt se dan tanto trabajo en divulgar.

La señora Grandet no era, en absoluto, eso que llaman una tonta, y se daba perfecta cuenta de su poco éxito.

—¡Pretende usted sentir hacia mí un sentimiento invencible —le dijo ella un día con mal humor—, y en cambio no experimenta ni el placer de encontrarse con personas que preceden a la amistad!

«¡Gran Dios, qué funesta verdad es ésta! —se dijo Luciano—, ¿Es que va a demostrar ingenio a costa mía?».

Se apresuró a contestar:


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