Rojo y blanco

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Luciano se fijó, especialmente, en ciertos movimientos de cabeza hacia atrás, llenos de vulgar nobleza, y hechos, evidentemente, para recordar a todo el mundo su dote de veinte mil escudos. El joven, pensando en el hastío que se apoderaría de él a su regreso a casa, prolongó su visita en la tienda. La señorita Sylviane no dejó de advertir aquella victoria, y se dignó exponer a su aprobación algunos lugares comunes, bastante bien sazonados de recelos sobre los señores oficiales y los peligros que ofrecían sus atenciones. Luciano contestó que los peligros eran exactamente recíprocos, que él lo estaba experimentando en aquellos momentos, etc., etc.

—Con toda seguridad, esto lo ha aprendido esta señorita de memoria —se dijo—, ya que, por muy vulgar que sea, esas lindas frases destacan sobre el conjunto de su conversación ordinaria.

Tal fue la clase de admiración que le inspiró la señorita Sylviane, la belleza de Nancy, y al salir de su tienda, aquella pequeña capital le pareció aún más sombría que antes. Seguía, pensativo, sus tres cajas de espirituosos, como decía la señorita Sylviane.

—Ahora se trata de encontrar un pretexto más o menos válido, para hacer llevar una o dos de ellas a casa del señor Filloteau.


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