Rojo y blanco

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La tarde fue terrible para aquel joven que empezaba la más brillante carrera que puede existir, y la más alegre. Su criado Aubry, hacía ya varios años que estaba al servicio de su casa; aquel hombre quiso hacer el pedante, dándole consejos. Luciano le dijo que al día siguiente partiría para París, a primera hora de la mañana, y le encargó llevar a su madre una caja de ciruelas confitadas.

Después, Luciano salió a la calle. El cielo estaba cubierto y soplaba un viento del norte, frío y penetrante. Nuestro subteniente iba de uniforme; era preciso llevarlo, pues estaba de inspección en el cuartel; por otra parte, se había enterado de que, entre, otros muchos deberes que cumplir, no debía permitirse nunca usar abrigo burgués sin una autorización especial del coronel. Lo único que le era dable hacer era pasear por las sucias calles de aquella ciudad fortificada y oírse preguntar: ¿Quién vive?, con insolencia, cada doscientos pasos. Fumaba un cigarrillo detrás de otro; al cabo de dos horas de aquel entretenimiento, empezó a buscar una librería, pero no la pudo encontrar. Los únicos libros que pudo ver durante su paseo se hallaban en una tienda; se apresuró a entrar en ella; se trataba de las Jornadas de un cristiano, expuestas a la a la venta en casa de un comerciante en quesos, situada cerca de una de las puertas de la ciudad.


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