Rojo y blanco
Rojo y blanco Pasó por delante de varios cafés; los cristales estaban empañados por el vapor de las respiraciones, y no tuvo bastante fuerza de voluntad para entrar en ninguno de ellos; se imaginaba el olor insoportable que debía reinar en su interior. Oyó risas dentro de aquellos cafés y por primera vez en su vida supo lo que era la envidia.
Durante toda aquella tarde, se hizo profundas reflexiones, sobre las formas de gobierno, sobre las ventajas deseables en la vida, etc., etc.
—Si hubiese algún espectáculo, iría a él para cortejar a alguna bailarina; su «amabilidad» quizá sería menos pesada que la de la señorita Sylviane y, por lo menos, no pretendería casarse conmigo.
Nunca, hasta entonces, había visto el porvenir bajo tan negros colores. Lo que quitaba toda posibilidad a imágenes menos tristes, era este razonamiento, que parecía sin réplica:
—Voy a pasar aquí un año o dos, y por mucho que imagine, lo que estoy haciendo ahora lo haré durante todo el tiempo que dure mi estancia en Nancy.