Rojo y blanco

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Uno de los días siguientes, después de la instrucción, el teniente coronel Filloteau pasó por delante de la casa en que se alojaba nuestro héroe, y vio en la puerta a Nicolás Flamet, el lancero que le habían asignado para que cuidara su caballo. (¡Su caballo inglés tratado por un soldado! Luciano se veía obligado a ir diez veces al día a las cuadras).

—Y bien, ¿qué te parece tu subteniente?

—Buen muchacho, muy generoso, mi coronel, pero muy poco alegre.

Filloteau subió.

—Vengo a inspeccionar sus cuarteles, querido camarada; ya que hago el papel de tío suyo, como decíamos en el regimiento de Berchiny, cuando era sargento en él, ¡antes de Egipto, a fe mía! Pues no fui brigadier hasta la batalla de Abukir, bajo el mando de Murat, y subteniente quince días más tarde.

Pero, todos aquellos detalles heroicos carecían de importancia para nuestro joven oficial; la palabra tío le había hecho, estremecer; no obstante, se repuso inmediatamente.

—¡Pues bien!, mi querido tío —exclamó alegremente—, me siento muy honrado con el parentesco; tengo aquí, de visita, otras tres respetables parientes que quiero presentarle a usted. Se trata de estas tres cajas; la primera, kirschwasser de la Selva Negra…


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