Rojo y blanco

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A veces, sin darse cuenta, aquel profundo descontento por cuanto le rodeaba se apoderaba de él y volvía a adoptar las actitudes que le eran propias, y que la sociedad de Nancy no había hecho más que fortalecer en vez de corregirlas.

«He ahí un hombre de buen tono —se decía la señora Grandet al verle de pie, delante de la chimenea, vuelto hacia ella y sin mirar a nada ni a nadie—. ¡Cuánta perfección en un hombre cuyo abuelo, con toda seguridad, no tenía carroza! ¡Qué lástima que no lleve un apellido histórico! Los instantes de vivacidad que forman como una especie de mancha en sus modales, podrían ser considerados como actos de heroísmo. ¡Qué lástima que no baya nadie en el salón para poder gozar de la alta perfección de sus modales!…».

Pero no obstante, añadía:

«Mi presencia debería sacarle de ese estado normal del hombre correcto, y me parece que especialmente cuando está solo conmigo… y con estos señores (La señora Grandet estuvo a punto de decirse a sí misma: “con mi séquito”) hace más patente su desinterés y educación… Si no mostrase nunca ardor por nada —se decía la señora Grandet—, no me quejaría por ello».


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